jueves, 29 de enero de 2015

Tres meses

Susúrrame, o dímelo a gritos,
Soy toda tuya, soy todo oídos
¿Has llegado ya?, ¿estás aquí?
Este viento gélido es tu aviso
Te huelo, te presiento
Ya creo que te respiro

Sí, has vuelto, ya no hay duda
He visto la escarcha en el jardín
He sentido la caricia de tu frío
Me envuelvo en mi abrigo
Salgo en tu búsqueda
Quiero que te quedes conmigo

Tres meses, sólo tres
En que disfrutarte desde el silencio
Sin que nadie me comprenda
Ni interprete mis suspiros

Tráeme agua, tráeme nieve
Arrópame con tu cielo de cuchillos
Sedúceme con tu niebla
Y provócame escalofríos

Te acojo gustosa en mi casa y en mi cuerpo
Bienvenido seas, ansiado invierno
Bienvenido, mi fiel amigo

jueves, 8 de enero de 2015

Filete con lentejas

Era pensar en ello y se le enfurecían las tripas. Aquel plato resultaba aborrecible ante cualquiera: el filete reseco con lentejas. Ni de pollo, ni de ternera, quizás de camello, regado con legumbres aguachinadas y una brizna de algún rancio chorizo. Y es que últimamente, lo que sobraba de un día lo mezclaba ella con las rebañaduras de otro, especializándose reiterativa en aquel destrozo. Ya en la oficina, según entraba por la puerta, sus compañeros reincidían también, esta vez en el sarcasmo. “¿Otra vez tu plato favorito?”. Pero él nada decía, acribillado por la vergüenza. La misma que le daba a su madre tener en casa a aquel hijo de 45 años. Ya sin saber qué inventarse para echarlo.

lunes, 22 de diciembre de 2014

Juegos noctámbulos

Se deslizaba al ritmo de la última canción de moda, los brazos acompasados en dirección a las luces alternas que desembocaban en la pista. Sus labios rojos eran el fin de cualquiera, sus piernas prolongándose más allá de las sombras, de la ciudad, sin límites que las contuvieran. Cómplice de unas caderas despiadadas, traviesa su melena rizada. Cerraba los ojos y seducía con unas larguísimas pestañas, los abría y cautivaba en verde esmeralda. Dulcificaba los labios en breves intermitencias al compás del estribillo, insinuándose humana. Se acercaban lobos solitarios, otros en manada, pero ella no escuchaba, dejando que la indiferencia desvaneciera aullidos y dentelladas.
Alguien más la observaba con intensidad, extintos los focos, donde la melodía apenas destacaba. Un águila imperial derritiendo un cuerpo en oro y plata. Los únicos ojos que podían palparla.
Se acercó con sigilo, accediendo a su muralla.
- ¿Sabes que en el fondo no bailas tan bien? –le dijo.
Ella interrumpió el ritual, todo movimiento, y miró eclipsada. Las luces parecieron dejar  de enfocarla.
- Enseñarme tú. Te estaba buscando.
- Pues ya te he encontrado. Deja el juego. Me llamo Susana.

viernes, 5 de diciembre de 2014

Pies que se arrastran

Arrastraba los pies como si hubiera venido al mundo con ese rutinario movimiento. Lento, sereno, sin prisa. Sobraba arena y menguaba la brisa bajo aquel sol que exhibía poderoso su reinado. Y sin embargo, esas plantas que tiempo atrás gemían en silencio ahora ya apenas las percibía, apaciguados sus sentidos en algún sombrío recoveco.
Horas después remolcaba esos mismos pies por aceras y calzadas, sin siquiera percatarse de que hacía rato que el monarca se había rendido ante una dama de blanco. Hizo recuento de la mercancía vendida: muy pocos relojes, más gafas y unos cuantos vestidos. Viajó su mirada entre los moribundos vaivenes y atravesó con ansia y desazón el Estrecho. Y se permitió cinco minutos, ni uno más ni uno menos, para esbozar cómo sería un día de asueto, cómo vibraría el cuerpo de Annara bajo sus caricias, qué carita asomaría el niño bajo aquel cielo de perlas. Se perdieron sus ojos en esas aguas ni tan mansas ni tan tibias. Regresó aprisa y sepultó los cada vez más lejanos recuerdos. Y ya sólo pensó en descansar algo y agradecer la llegada de un nuevo día.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Juegos de críos

Trepó por aquel viejo tronco por última vez. Ya era mayor para cabañas en el aire, le venía repitiendo su padre. Que pensara más en chicas y se dejara de juegos de críos. Y mientras ascendía por el árbol a grandes zancadas, amigo y protector, silencioso aliado, le vino a la mente que por mucho que se empeñaran no quería nada con ellas, no como sus amigos, que sólo hablaban de besarlas, ya fueran feas o guapas, más gordas o más delgadas. Y cada vez estaba más solo y se sentía más incomprendido. Pensó y siguió pensando, ya refugiado entre aquellos tablones de madera, guarecido en su morada. No, no podía abandonarla.
Horas después, su madre mandó a la vecina rubita de ojos azules para convencerle de que bajara. "Si bajas, te doy un beso", prometió ella. Y ahí le entró el miedo, un terror súbito que se columpió desde su corazón hasta su cuello. La mismísima cabaña pareciera que temblaba, toda ira. Nada le importaban esos labios, y si bajaba, igual no podía liberarse de ellos. La niña de pelo vainilla, cuya inocencia iba escapándose de su mirada como quien no es consciente de ello, esperó abajo mientras observaba desconcertada cómo la madera vencía poco a poco y se resquebrajaba. ¿Se había levantado aquel viento repentino, así sin más?
Cuando se vio en el suelo, entre la hojarasca y la madera hecha trizas, lloró y lloró al contemplar la ausencia de su refugio, su historia revuelta entre matojos y ramas muertas. Al poco secó sus lágrimas con los puños sin apenas poder mover las piernas, comenzando a sentir un dolor muy agudo. Y para cuando vio a la niña acercarse corriendo acompañada de sus padres, en su ayuda, se percató de que sus ojos eran muy bonitos y su pelo muy fino, que tenía unos pómulos rosados y que su vestido de flores le provocaba un rarísimo escalofrío. Y una vez que la tuvo más y más cerca, se acordó de esos amigos. De repente, más allá de cabañas evaporadas y huesos hechos añicos, lo único que ansiaba era cobrarse aquel beso para comprobar en su piel a qué diablos sabía.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

La dama de negro

No podía dejar de observarla. Algo había en ella que forzaba a sus pupilas a seguir cada uno de sus gestos como si el tiempo no menguara, encadenado a su presencia y a su reflejo. Y eso que le confundía, y de qué manera, no acertar a adivinar el color de aquellos ojos, si verdosos, si algo amarillos, o si mezclaban ambas gamas cromáticas. Su pelo era negro sin titubeos, sus movimientos, lentos y armoniosos. Parecía relajada y a la vez en alerta máxima. Era mejor aún de lo que imaginaba. Se le ocurrió que quizás esto era ese amor del que tanto hablaban.
Permanecía inmóvil, embrujado, frente a aquel inoportuno cristal que los separaba. Dispuesto a recibir una y mil órdenes de esa solemne criatura si hiciera falta. La brusquedad de una mano de uñas punzantes deshizo el hechizo y agarró la suya, zarandeándola. Era el fin. Unas pocas palabras terminaron por confirmarlo. “Hijo, que vas a desgastar a la pantera de tanto mirarla. Déjalo ya, vámonos a ver a los pandas”. 

jueves, 23 de octubre de 2014

La cartera

“Chico, se te ha caído la cartera”, me dijo. Pero yo miré al suelo, hacia todos lados, y no vi nada. ¡La tenía a buen recaudo en mi bolsillo! Aquélla era mi parada, y antes de bajar me la quedé observando, sin comprender. Sábado siguiente, el mismo autobús, la misma luna en la madrugada. “¿Recuperaste tu cartera?”. Me di la vuelta atónito y allí estaba ella, con esos ojos rotundos y esa melena negra. Y en mi bolsillo, esta vez no había nada. “Sabía que la ibas a perder. Todos perdéis algo alguna vez”. Y seguí viéndola semana tras semana y terminé por perderlo todo, de la cabeza a los pies. Y todavía hoy, mientras la contemplo dormida en la cama, me pregunto si aquella cartera con mi corazón dentro no estará prisionera bajo su almohada.