martes, 7 de octubre de 2014

La ruleta

Recostada sobre el satén, Aurora se inspeccionaba de cara al gigantesco espejo, agitando su cabello leonino, el vientre plano, brazos y piernas esbeltos. Estampó su mirada turquesa sobre el reloj de pared. Las ocho y treinta y cinco. El mayor les estaría preparando la cena a sus hermanos pequeños. Cada noche lamentaba no poder estar allí con ellos y cada día rogaba a todos los infiernos por que algún día lo comprendieran. Ya llegaría, no quedaba tanto, todo en esta vida tiene su momento. Éste era su trabajo y también su talento. Una ruleta rusa con los billetes asegurados, aunque cómo llevárselos pudiera ser a veces tan doloroso y otras, muy pocas, incluso placentero.  
Alzó con ligereza primero la cabeza y seguido el cuerpo y se dirigió al baño para retocar su maquillaje. Los moratones que se afanaba en ocultar desde hace días comenzaban por fin a difuminarse. A continuación llenó el jacuzzi de agua y lo endulzó con esencias: unas cuantas gotas de lavanda y dos más de sándalo australiano. Nunca se sabía cuándo había que utilizarlo. A veces, con un poco de suerte, el cliente entraba primero en la bañera y una vez relajado le vencía el sueño, y ahí finalizaba su trabajo.
Tintinea armoniosa la sinfonía que vaticina que alguien espera al otro lado. El de las nueve en punto ha llegado. Se atusa la melena con las manos y calza los tacones que la elevan al metro setenta y tantos. Cuando abre esa puerta, seductora, expectante, preguntándose en el último instante si hoy le caerá en gracia uno de los buenos, el corazón y todos sus órganos internos le dan el más inesperado de los vuelcos. Allí, frente a ella, está Javier. “Que hoy es tu cumpleaños. Esta noche vas a descansar. Anda, vámonos a casa, mamá, que ya he pagado”. 

martes, 23 de septiembre de 2014

Descabezados

“Puedes salir un rato a la calle”, me sugirió. Había caído de golpe la noche y me obligué a airearme unos minutos, a respirar. Y advertí nada más cruzar la puerta que los árboles sólo eran troncos sin copas, que la gente caminaba sin sus cabezas sobre los hombros, que los coches iban solos. “Les… les falta… la cabeza”, balbuceé al entrar de nuevo en su despacho. Ella contuvo la carcajada. “Me voy ya”, anunció. “Tú aún tienes mucho trabajo”. Pero yo salí disparada hacia el baño. Observé el espejo y ahí ya no estaba mi rostro. Un cuerpo se tambaleaba debajo. Y unos dedos continuaban tecleando.

martes, 9 de septiembre de 2014

Vacaciones

Un fondo desdibujado bajo un cielo radiante. Y sombras, montón de sombras en movimiento y en reposo, rodeándolo todo. Pinceladas de colores y el rugido poderoso, casi invisible pero cercano.
Se había decidido a levantarse, el calor apretaba. Caminó en línea recta y alcanzó la orilla. Sus pies chillaron el percibir aquella agua tan fría, pero sumergió cuerpo y cabeza y en instantes advirtió un alivio salado, refrescante. Lo hizo varias veces, concentrada en que el vaivén no le llevara a perder su posición, los pies clavados.
Suficiente. No tardó en emprender la vuelta. Tercera sombrilla por la izquierda, entre la roja de rayas y la blanca con topos naranjas. Entrecerró los ojos, dudó. ¿De verdad sería aquélla? Sí, tenía que ser la amarilla. Y de nuevo, en su toalla. Respiró aliviada. Revolvió entera su bolsa de playa antes de sentarse. Y cuando lo hizo, su mirada encontró de nuevo un mar añil y nítido, las gaviotas sobrevolando. Las sombras eran ahora personas, mayores y niños, con pelos de todos los tonos y todos los cortes, de lo más variopintos. La arena, tan clara, y tan minúsculos sus granos. Y los barcos de vela a lo lejos, y las celulitis de ellas, y los abdominales de ellos, y los flotadores, y la espuma blanca de las olas rompiendo, y… Y qué distinto era el mundo con sus gafas puestas.

jueves, 21 de agosto de 2014

Dueños de la noche

Greyfriars desprende belleza e inquietud a partes iguales. Encaramado en una colina en la zona vieja de Edimburgo, exhibiéndose altivo frente al castillo medieval y los edificios y tejados de piedra gris de la ciudad, ejerce su poder y su historia remarcando su carácter vetusto y misterioso a todo aquel que merodee por sus senderos, algunos de tierra y algunos otros empedrados. Lápidas de siglos pasados se suceden en cuesta unas tras otras al abrigo de mantos ocres de hojas que dan por concluido el verano, envueltas entre la bruma escocesa y los semidesnudos árboles. 
Avanzada la tarde, tanto los caminos como la hierba fresca y tupida del camposanto suelen permanecer vacíos, así como la pequeña parroquia del XVI que se alza hacia la mitad del recinto. La zona en la que convergen torturados y torturadores de tiempos remotos se halla cerrada e infranqueable mediante una puerta de negros y oxidados barrotes que aconseja no acercarse demasiado. 
Las escasas farolas que salpican el terreno comienzan a emitir una tenue y débil luz. Emerge el viento de la nada, azota imparable las débiles ramas. La noche se aproxima, casi está aquí, se van marchando los últimos pájaros, y será entonces cuando las intranquilas ánimas salgan de sus tumbas para dejar claro quién manda. Un escalofrío, un extraño desasosiego o incluso un repentino e inexplicable dolor en un brazo pueden ser el resultado de adentrarse a deshoras en territorio de tantos y tan atormentados dueños.

martes, 5 de agosto de 2014

La visita

El salón de banquetes se oscurecía lentamente, tornando aún más lúgubre la estancia. La piedra se hacía más presente y cada vez dolía más el frío. Tapices flamencos y noble madera forraban las elevadas paredes, la luna amagando inquieta tras los cortinajes color púrpura de tan regios aposentos. La visita guiada había dado comienzo a las siete. Samuel y Pedro prestaban atención nula, rodando sus cochecitos por los suelos envejecidos. Hacían oídos sordos a prohibiciones y advertencias. “Niños, al conde no le agrada nada esto”, les espetó una vez más el vigilante, hastiado, desde la entrada.
Sus padres se vieron forzados a abandonar el lugar frente a las miradas molestas. Antes de dejar el salón, los pasos de los cuatro se frenaron en seco ante un retrato del caballero que en el siglo XIII dio vida a la fortaleza. A los mayores les detuvo esa insólita mirada, a los pequeños se les truncó la infancia a raíz de aquello. Nunca ya olvidarían aquellos ojos negros que de pronto se volvieron amarillos y a continuación rojo fuego, sonrisa diabólica traspasando el lienzo. Los hermanos tardaron semanas en recuperar el habla. Ya no volvieron a hacer rodar ningún juguete en ningún otro suelo. No imaginaban que jamás existió cualidad más importante para aquel conde que el respeto sincero. 

jueves, 24 de julio de 2014

Reciprocidades

Yo, soltero de oro, donjuán de una nueva era, la envidia de mis amigos, sentado en aquella silla de lazo rosa y funda de un blanco impoluto, luciendo traje y palmito. A mi izquierda, Andrea, antiguo ligue, también soltera, intentando engatusarme de nuevo. Ya la ignoré en su día, pero parecía no haber tenido bastante. Y a su izquierda, una morena de ojos felinos y labios densos. Nunca antes la había visto, con seguridad la recordaría, pero debía de ser amiga de mi ex, de vez en cuando intercambiaban confidencias. 
Durante aquella media hora, puede que más, me resultó inconcebible concentrarme en los novios, ni en sus promesas ni en sus anillos. En cuanto podía y como pudiera la miraba, consciente de mi descaro, para qué perder el tiempo. Pero al percibir de pronto aquel escalofrío interior que me recorrió entero, y a continuación un ahogo intempestivo, arrebatador, doloroso y a su vez placentero, supe que estaba perdido. ¡Así que esto es! Lo comprendí todo, a mis 35. Ella, cautivadora, enigmática desconocida, captó en algún momento mi mirada, y hacia la mitad de la ceremonia y durante los minutos finales iniciamos ambos un intercambio. Algo había en esto, tan viejo y tan nuevo para mí, que parecía recíproco. El acto finalizó, todos nos levantamos, y ahí, con todo su peso, mi nuevo mundo se vino abajo. Un malestar tan súbito como el regocijo anterior, que me agujereó por dentro. Esa preciosidad, al ponerse en pie, descubrió ante mí su cuerpo entero y con él un evidente embarazo.
-  ¿Es que no te habías dado cuenta de que estaba embarazada? Y tiene un marido, aunque no haya podido venir –Andrea, rencorosa, terminó por confirmar aquella obviedad, mezquinos sus ojos, clavados en mí a degüello.
Yo no dije nada, ¿para qué? O quizás es que enmudecí al instante. Ya en el exterior, y para mi sorpresa, aquella mujer vino hacia mí y se presentó, sin titubeos. “Hola, soy Carla”. Y me dio un abrazo, como si fuéramos buenos amigos que no se ven desde hace tiempo. Sentí sus manos en mi espalda, su perfume fresco, embriagador, deliciosa mejilla rozando mi piel. Y confirmé mi pronóstico inicial: estaba perdido. Sin esperanza y perdido. Sin futuro con ella, sin tardes de cine ni noches de cenas, y sin boda, y sin hijos, pero en definitiva, ya del todo perdido. Antes de separarnos de tan extraño, turbador abrazo, aquel ensueño de largos y negros cabellos susurró en mi oído: “Es una pena. No puede ser. Pero sí, esto es recíproco”.

lunes, 14 de julio de 2014

La mar y sus zapatos

No había nadie que no me mirara cuando me dirigí aquel domingo hacia el puerto. No es que fueran muchas personas, ni tampoco mi pueblo era tan grande ni aquél era día de lonja, pero todos los pares de ojos que por la calle Atlántico y las aledañas al muelle se me cruzaban, hacían algún gesto, subían o bajaban sus párpados en señal de duelo. Yo continué mi camino fingiéndome erguido con aquellos zapatos enormes, se me salían los pies por todos los lados, tenía que hincar las uñas bien hincadas y arrastrar las plantas mientras contaba los baldosines que iba salvando.
Atisbé la tranquilidad que se cernía sobre los barcos anclados, la mar serena, el cielo raso. Y contemplé esas distancias y ese horizonte y los comparé con los zapatos de mi padre. Y en ese instante ya no me parecieron tan grandes. Le había llorado en aquellos primeros días tanto como le había odiado, por irse sin avisar, por marcharse sin concedernos su abrazo, tan desnudo como certero el último de sus adioses. Porque mi hermano tendría que arrimar el hombro y ayudar a mi madre, ya no podría pasar tanto tiempo con él como antaño, desvelándome secretos de mayores.
Seguí observando aquel mar que tantos peces nos había prestado y empecé a sospechar  que algo raro se escondía ahí abajo, algún misterio envolvía esas profundidades más allá de sus coléricos arrebatos, que hacían que mi padre hubiera retornado siempre de ellas tan airado, que tan pocos besos recibiera mi madre de sus agrietados labios.   
Tardé algunos años en comprenderlo todo en su conjunto y mucho menos en resolverlo en pequeñas partes. Pistas en forma de ausencia de ojeras en mi madre, hasta entonces profundos y oscuros surcos que parecían extenderse hasta la barbilla en un rostro atrapado en una noche infinita. En que de repente descubría en ella una sonrisa como la mía cuando me atiborraba de golosinas. Caía también rato a rato en que ya no necesitaba arrebujarse en el sofá silenciando esa botella antes de irse a la cama, que sus mejillas amanecían asalmonadas y que cantaba cuando pasaba la escoba y se le iban los pies mientras asaba nuestras sardinas.
Y aún no lo había entendido todo, seguían sin explicármelo y yo sin atreverme a preguntarlo, cuando dos años después volví al muelle con los mismos zapatos, aún grandes para mis pies pero un poco menos. Y decidí entonces que aquella vez volvería a casa descalzo, y antes de lanzarlos allí donde había estado amarrada su barca, no quise dejar de darle las gracias al mar por habérselo llevado.