Sus
padres se vieron forzados a abandonar el lugar frente a las miradas molestas. Antes
de dejar el salón, los pasos de los cuatro se frenaron en seco ante un retrato
del caballero que en el siglo XIII dio vida a la fortaleza. A los mayores les
detuvo esa insólita mirada, a los pequeños se les truncó la infancia a raíz de
aquello. Nunca ya olvidarían aquellos ojos negros que de pronto se volvieron
amarillos y a continuación rojo fuego, sonrisa diabólica traspasando el lienzo.
Los hermanos tardaron semanas en recuperar el habla. Ya no volvieron a hacer
rodar ningún juguete en ningún otro suelo. No imaginaban que jamás existió
cualidad más importante para aquel conde que el respeto sincero.
Letras díscolas que danzan a sus anchas por todas partes. En mis sueños, en mis pensamientos, en el metro y en el autobús... Entre mis dedos
martes, 5 de agosto de 2014
La visita
jueves, 24 de julio de 2014
Reciprocidades
Yo, soltero de oro, donjuán de una
nueva era, la envidia de mis amigos, sentado en aquella silla de lazo rosa y
funda de un blanco impoluto, luciendo traje y palmito. A mi izquierda, Andrea, antiguo ligue, también soltera,
intentando engatusarme de nuevo. Ya la ignoré en su día, pero parecía no haber
tenido bastante. Y a su izquierda, una morena de ojos felinos y labios densos.
Nunca antes la había visto, con seguridad la recordaría, pero
debía de ser amiga de mi ex, de vez en cuando intercambiaban confidencias.
Durante
aquella media hora, puede que más, me resultó inconcebible concentrarme en los
novios, ni en sus promesas ni en sus anillos. En cuanto podía y como pudiera la miraba,
consciente de mi descaro, para qué perder el tiempo. Pero al percibir de pronto
aquel escalofrío interior que me recorrió entero, y a continuación un ahogo
intempestivo, arrebatador, doloroso y a su vez placentero, supe que estaba
perdido. ¡Así que esto es! Lo comprendí todo, a mis 35. Ella, cautivadora, enigmática desconocida,
captó en algún momento mi mirada, y hacia la mitad de la ceremonia y durante
los minutos finales iniciamos ambos un intercambio. Algo había en esto, tan viejo
y tan nuevo para mí, que parecía recíproco. El acto finalizó, todos nos
levantamos, y ahí, con todo su peso, mi nuevo mundo se vino abajo. Un malestar tan súbito como el regocijo anterior, que me agujereó por dentro. Esa preciosidad, al ponerse en pie, descubrió ante mí su cuerpo
entero y con él un evidente embarazo.
-
¿Es que no te habías dado cuenta de que estaba embarazada? Y tiene un
marido, aunque no haya podido venir –Andrea, rencorosa, terminó por confirmar
aquella obviedad, mezquinos sus ojos, clavados en mí a degüello.
Yo no dije nada, ¿para qué? O quizás
es que enmudecí al instante. Ya en el exterior, y para mi sorpresa, aquella
mujer vino hacia mí y se presentó, sin titubeos. “Hola, soy Carla”.
Y me dio un abrazo, como si fuéramos buenos amigos que no se ven desde hace tiempo.
Sentí sus manos en mi espalda, su perfume fresco, embriagador, deliciosa mejilla
rozando mi piel. Y confirmé mi pronóstico inicial: estaba perdido. Sin
esperanza y perdido. Sin futuro con ella, sin tardes de cine ni noches de
cenas, y sin boda, y sin hijos, pero en definitiva, ya del todo perdido. Antes
de separarnos de tan extraño, turbador abrazo, aquel ensueño de largos y negros
cabellos susurró en mi oído: “Es una pena. No puede ser. Pero sí, esto es
recíproco”.
lunes, 14 de julio de 2014
La mar y sus zapatos
No había nadie que no me mirara cuando
me dirigí aquel domingo hacia el puerto. No es que fueran muchas personas, ni
tampoco mi pueblo era tan grande ni aquél era día de lonja, pero todos los pares
de ojos que por la calle Atlántico y las aledañas al muelle se me cruzaban, hacían algún gesto, subían o bajaban sus párpados en señal de duelo. Yo continué
mi camino fingiéndome erguido con aquellos zapatos enormes, se me salían los
pies por todos los lados, tenía que hincar las uñas bien hincadas y arrastrar las
plantas mientras contaba los baldosines que iba salvando.
Atisbé la tranquilidad que se cernía
sobre los barcos anclados, la mar serena, el cielo raso. Y contemplé esas
distancias y ese horizonte y los comparé con los zapatos de mi padre. Y en ese
instante ya no me parecieron tan grandes. Le había llorado en aquellos primeros
días tanto como le había odiado, por irse sin avisar, por marcharse sin concedernos su abrazo, tan desnudo como certero el último de sus adioses. Porque mi
hermano tendría que arrimar el hombro y ayudar a mi madre, ya no podría
pasar tanto tiempo con él como antaño, desvelándome secretos de mayores.
Tardé algunos años en comprenderlo todo en su conjunto y mucho menos en resolverlo en pequeñas partes. Pistas en
forma de ausencia de ojeras en mi madre, hasta entonces profundos y oscuros surcos
que parecían extenderse hasta la barbilla en un rostro atrapado en una noche
infinita. En que de repente descubría en ella una sonrisa como la mía cuando me
atiborraba de golosinas. Caía también rato a rato en que ya no necesitaba arrebujarse
en el sofá silenciando esa botella antes de irse a la cama, que sus mejillas amanecían
asalmonadas y que cantaba cuando pasaba la escoba y se le iban los pies
mientras asaba nuestras sardinas.
Y aún no lo había entendido todo, seguían sin explicármelo y yo sin
atreverme a preguntarlo, cuando dos años después volví al muelle con los mismos
zapatos, aún grandes para mis pies pero un poco menos. Y decidí entonces que aquella
vez volvería a casa descalzo, y antes de lanzarlos allí donde había estado
amarrada su barca, no quise dejar de darle las gracias al mar por habérselo
llevado.
domingo, 29 de junio de 2014
Mariana
Me preguntaba en cada uno de mis desvelos si ardería
en el infierno por desear que un camión arrollase a mi vecina. Y es que hacía mucho
que el humor ni se asomaba por aquella casa, envuelta en una penumbra de
rancios aromas, melodías desalentadas. Tenía 11 años y veía a mi abuela
deslomarse, mi abuelo pudriéndose en una silla por una temprana enfermedad
degenerativa. Mientras, la del primero, Mariana, toda ella un bamboleo de
abrigos de pieles y lustrosos collares. Presumida y presumiendo, y mi abuela desgastándose
a horas tardías y en otras casas, yo en su ausencia haciéndome cargo de aquel
conato de abuelo, sin hermanos y sin padres, solo con ellos.
En no pocas ocasiones, al volver del
colegio y tras dejar a mi abuelo dormitando, bajaba a la calle y acechaba en la
sombra los pasos de Mariana. Fue una tarde de marzo cuando, medio agazapado tras un seto,
advertí cómo un joven sucio y desdentado le amenazaba navaja al cuello. La lanzó al
suelo tras quitarle todo lo que llevaba y huyó corriendo.
“¿Es que no vas a ayudarme?”, me reprendió mientras yo celebraba aquella sorpresiva victoria, triunfante,
bendecido por todos los cielos. “¿Por qué me miras siempre con tanta inquina? ¿Qué te ha
contado tu abuela?” Se alzó sola, nula mi ayuda, despiadadas mis pupilas. “¿Lotería? ¿Yo? ¡Niño, pero qué dices y qué poco sabes! ¿Tú crees que yo seguiría
en este barrio si me hubiese tocado algo?”. Me trasladó su verdad al confesarle
yo la mía, ya sentada y dolorida en un banco. “Ni pieles ni collares, ¡qué
sabrás tú de visón o conejo! Tu abuela se encaprichó de tu abuelo cuando iba a
casarme con él. Se lo llevó ella en vez de yo en el último momento. Ésa fue la
lotería, la suya y la mía”.
Atrás quedaron aquellos
años, reconvertidos ahora en penosos retazos. Una tarde a la semana acudo a esa
vieja casa de mi antiguo barrio, a acompañar a una Mariana demasiado anciana y
demasiado desvalida, a hacerle compañía. Ella me recibe siempre con la sonrisa franca y los
brazos abiertos. Su frase es la misma, sus palabras me arropan, ya sea verano o
invierno. “Querido mío, qué feliz me haces. Como si fueras mi nieto”.domingo, 22 de junio de 2014
Bajo el Sena
Desde aquel crucero que surcaba el río con
arrogancia, la noche iba descubriendo un París enigmático y velado. Propios y
ajenos ávidos de extraer su intensa fragancia al amparo y protección de las sigilosas
estrellas.Cuando aquel joven, que se había levantado con la vida en la mirada y la pasión en los labios, se topó con las tinieblas al arrojarse por la borda aquella madrugada, nadie pudo ni quiso entender que, en ocasiones, el desamor más repentino, París y su luna llena, con su resplandeciente cuchillo que desciende punzante hasta el filo de la tierra, provocan efectos devastadores que ni la misma belleza ni la segura llegada del alba consiguen recomponer. Recelos y sospechas sofocados para siempre bajo las sempiternas luces de la ciudad, bajo el Sena.
viernes, 13 de junio de 2014
Que se llame Pablo
“Qué precioso es. Tiene los ojitos
como su padre, grandes y almendrados. También el mentón, y la nariz, respingona
como la suya. Es tan guapo mi niño…”. Esther lo acoge en sus brazos y el bebé solloza
agitado, ella sobre la cama, rodeados ambos de material médico y de mujeres y
hombres pintados en verde y blanco. “¿Por qué no me dejarán sola con mi niño?
Un poco, sólo un poco…”, se pregunta inquieta mientras se afana en aplacar su
llanto. “También se parece a su hermano cuando nació. Sí, son muy parecidos…”,
advierte orgullosa, almibarado el corazón.
Los segundos, los minutos vuelan, se
esfuman escasos. No recuerda por qué, pero intuye que le queda muy poco tiempo
con él.
- Se acabó. Despídase del bebé. La
enfermera se lo llevará -escucha poco después sobrecogida.
Le besa repetidas veces en su carita. Memoriza
para siempre esas tiernas facciones, su atrayente fragancia de recién nacido,
la suavidad de sus pequeñas manos. “Pablo, quiero que se llame Pablo. ¿Volveré
a verlo? ¿Me dejarán?”, se cuestiona ante ese grupo creciente de desconocidos. El rincón oscuro, la soledad, le
esperan. En ese instante ésa es su única certeza. Y con tal convicción decae su ánimo, tan frugal y pasajero. Se apaga por
fuera, se abrasa por dentro.
El niño ya no está, se lo han llevado.
Se despierta de nuevo en ella el temor de no volver a sentirlo en su pecho, aún más el de
regresar a aquel inhóspito lugar, escaso de luz, de vida, de aire. Se ahoga
entre esos muros angostos. Algunas veces,
estando allí, visualiza un cuchillo y unas manos. Otras veces observa sangre en
las paredes, rojo candente que emana de todas partes. Muchas otras, a su marido
y a su hijo mayor sobre el suelo, muertos ambos. Y en ocasiones, en muy escasas
ocasiones, descubre esas manos y ese cuchillo acabando con las vidas de ese hombre
y ese niño. Y entonces, las reconoce, son las suyas, sus propias manos. Y,
además, ella sonríe.jueves, 5 de junio de 2014
Mi noche
Falta una hora escasa y me confieso
nerviosa, aturdida, también muy hambrienta. Le daría un buen mordisco a lo que
fuera. El móvil retumba una y otra vez y yo sólo le espero a él. Por más que lo
invoco su nombre no asoma por mi pantalla.
Durante el día apenas había ingerido
alimento. Acudí por la mañana a mi tratamiento de masajes y belleza facial. A
las dos, y tras una sesión intensa de pilates, estaba erguida en la barra de la
cocina con una jarra de agua y una ensalada, sin apenas tocar el plato. Opté
por llamar de nuevo a Miguel: “¿me vas a acompañar esta noche”?, le supliqué.
“No, ya sabes que no”, me respondió, muy cabrón y muy distante. “¿Por qué me
haces esto, justo hoy”? Y recuerdo con terror cómo le cuelgo, desolada y
enfurecida a la vez.
Sobre las cuatro practicaba yoga y después me daba un baño.
Poco antes de las seis llegaban Hugo y compañía; Pilar con tres vestidos, dos
de Carolina Herrera y el tercero de Versace. Media hora después escogía el
Versace, largo y negro, y Lola iniciaba el maquillaje para proseguir Hugo después
con el peinado. El moño bajo con tirabuzones colgando de las sienes no me
convencía. “Recógemelos, Hugo”, le pedí, “le restan protagonismo al escote”.
La ansiedad me atenaza. 40 minutos. Mis tripas rugen. Preparo el bolso,
un sobre brillante de Chanel, y me calzo mis Louboutin rojos de 16 cm. A las ocho y media el coche me espera
en la entrada y Rebeca me secunda mientras se apodera arisca de mi móvil. Poco
después alguien abre la puerta y comienza la enésima de las funciones. Los
flashes de las cámaras me ametrallan, uno tras otro, los micrófonos cercándome
desde todos los ángulos. “¿No ha venido Miguel contigo?”…, “¿qué ha supuesto
desnudarte por primera vez en una película”?..., “¿volverás a trabajar en
Hollywood?” Y bla, bla, bla. Igual los tirabuzones no eran tan mala idea… ¿Se
me marca la tripa? Claro que sí… Ayer tampoco tenía que haber comido.
Miguel, Miguel, dejarme tirada esta noche…
Continúo desfilando y sonrío a todo el mundo, doy la mano a unos y
otros, firmo decenas de autógrafos. Siguen acorralándome a preguntas, sobrevuelan
los piropos. “Estoy muy feliz de estar aquí”…, “desnudarme ha sido fácil, no
tengo problemas con mi cuerpo”…, “él no ha podido acompañarme, está rodando
fuera”. Y entonces, me aferro al brazo del director y, entre aplausos y
ovaciones, me adentro con él en la sala, espléndida y triunfante. Ésta es mi
noche.
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