martes, 8 de mayo de 2018

Mi cama

Tomé el último cubata en el bar y me dirigí a casa. Sólo tenía ganas de darme una ducha fría y de tumbarme en la cama. Todo estaba oscuro, muy oscuro, ni un alma en las calles. Los árboles parecían tener dos copas y mis pies cuatro zapatos. Necesitaba beber agua, lavarme los dientes. Besarla.
Alcancé el portal y después el ascensor. Tenía tantos números, tantos y tantos botones… Acerté a apretar el del cuarto y se puso en marcha. Cuarto B. Por fin. Mi casa. Mi mujer. Mi almohada. Pero la llave no encajaba, un intento, otro y otro más. Seguía viendo lejos las sábanas. Escuché al fin la voz de Mari Luz y en un suspiro se alzaba frente a mí despeinada, en bata, mirándome raro.
- ¿Qué haces aquí? ¿Otra vez? ¡Esto no puede seguir así! Es la última vez. ¡Fuera!
Mi Mari Luz parecía muy enfadada. ¿Qué había hecho? ¿Qué había pasado? Un hombre apareció detrás, en calzones largos. Yo estaba muy mareado. Algo me dijo él, con malos modos, antes de mandarme a algún sitio y dar un portazo.
Estoy de nuevo en el portal y al rato vuelvo a caminar, el sol va tras mis pasos. Comienzo a recordar que en algún lugar tengo otra casa. Pero ésta era la mía, la verdadera, ¡maldita sea! La próxima vez llevaré un bate de béisbol, puede que también una navaja. Cualquiera no puede meterse en mi hogar, ni con mi mujer, en mi puñetera cama. 

martes, 13 de marzo de 2018

Feliz Navidad

Era 15 de junio y sonaba un villancico tras otro. Primero los peces en el río, después el arre burro arre. Alcanzaban el tercer piso, a veces se expandían hasta el quinto. Seguían su curso el 3 de julio, el 16, el 28. Para finales de agosto marcaban su máxima potencia e incluso se añadía alguno más al repertorio. 
El 2 de septiembre Manolo abría la puerta para dejar la basura sobre el felpudo. Vestía de Papá Noel, las barbas blancas desparramadas como el sudor de su frente bajo las gafas. El matrimonio de enfrente se disponía a bajar en aquel momento a la piscina, con sus chanclas, bañadores y toallas. Lo miraron fijamente. Siguieron observándolo sin decir nada. De fondo, las notas del ay el chiquirritín queridito del alma.
Manolo se quitó el gorro con borla blanca y les devolvió al fin la mirada.
- Ya… Pero es que así el niño come. Así sí come…

jueves, 18 de enero de 2018

Un café junto a la ventana

Julia sorbía el café sin apartar la vista de su boca. Él esquivaba la mirada con una copa de vino entre los dedos. Intuyó nuevas arrugas alrededor de sus ojos y un peinado más moderno. Seguía siendo muy hermosa. Su entrepierna empezaba a sentirse incómoda.
- Vamos mejor junto a la ventana. Este rincón oscuro me pone enferma. Me deprime.
- Estamos bien aquí. Por favor… -pero ella insistía levantándose de aquel butacón del fondo.
Junto al cristal, Julia tomaba sus manos entre charla y charla y él las apartaba con delicadeza, se recolocaba las gafas y arrojaba sus pupilas hacia esquinas y techos. Eran los únicos clientes. Más allá, tímidos copos de nieve bajo la luz de las farolas y algún paraguas a lo lejos. 
Se dijeron adiós bajo aquella noche de guantes y gorros. Julia buscaba sus labios y él consentía por un instante que los de ella lo cobijaran. “Por los viejos tiempos”, pensó. 
- Intentaré hacer algo. Eres una actriz fabulosa. No te puedo asegurar nada. Ya te... Pero... ¿Qué...? ¿Qué es aquello...? Es… ¿Es un fotógrafo? 
Ella mostró su sonrisa exultante y emprendió la marcha. Él luchó por hacerse invisible bajo el sombrero, subió la bufanda hasta picarle las cejas y se maldijo antes y mucho tiempo después de introducirse en el vehículo que lo esperaba.
- Saludos a tu mujer y a tus hijos. Ah, y suerte en las próximas elecciones. Lo harás bien desde la oposición –susurró Julia al viento escarchado mientras caminaba de nuevo hacia las portadas.

martes, 10 de octubre de 2017

El león

En el rellano apareció aquel día un león de peluche. Muy grande y de largas melenas. “¿Es de tus hijos?”, preguntó la señora del 5ºB a su vecina, madre de tres retoños pelirrojos y un perro escurridizo. “No. No es nuestro”, le contestó la segunda con dos de los críos encaramados a su chepa. Mostraba unas profundas ojeras, no pesaría mucho más de 40 kilos. Tras la puerta, ya cerrada, llantos y algún ladrido.
La mujer volvió a su casa con el león en brazos. Semanas después era su timbre el que sonaba.
- Me dijiste que no era de tus hijos.
- Ya. Pues sí que lo era. Aquel día se estaban peleando por él y lo dejé fuera. Pero que sepa que el muñeco es mío y que lo quiero ahora. Haga el favor.
Ante la negativa, la madre se introdujo sin invitación en aquellas estancias inexploradas. Entró en el salón, en la cocina y en el dormitorio. Halló al león en la cama, arropado de vientre para abajo con el edredón y vestido con un jersey de cebras y unas gafas de plástico. Ante la conmoción no disimulada, la señora comenzó a explicarle con ahínco sus carencias. Nunca había habido un marido, ni unos hijos, y así hasta hacerle entender que no estaba loca pero que el enorme león le hacía compañía, que había llegado el frío y aquel animal peludo, aunque ficticio, proporcionaba calor a su cama y rebajaba la factura de la calefacción.
Al día siguiente la mujer de los tres niños descansaba en el sofá del salón mientras deshacía con los dedos la tercera de las magdalenas. Saboreaba la textura del bollo, los trocitos de chocolate derritiéndose en su lengua. En el butacón de enfrente, el león de peluche y el perro miraban atentos hacia el televisor. Se oían gritos que provenían de la casa de al lado. También golpes en las paredes. Subió el volumen del aparato y se cubrió hasta las cejas con una manta. Tenía dos horas por delante. “Ay, qué paz. Ay, pobre vieja”.

miércoles, 5 de julio de 2017

Salvar a la especie

Me acerqué a su espalda lentamente, llena de profundos arañazos que bajaban desde los hombros hasta las orillas de sus glúteos. Me confesó que se había caído de un árbol, cogiendo manzanas para el almuerzo. Era el último hombre en el mundo, no podía hacerse daño, debía tener extremo cuidado. Sobrevivir para salvar a la especie. Conmigo. Los últimos habitantes en mucho tiempo.
Le alivié algunas heridas y caminó cuanto pudo durante un rato. Pero al aproximarse la noche estaba ya demasiado malherido, temblaba de dolor, sangraba caudaloso y gritaba como un niño. Conté todas las manzanas y cogí una, tan roja como me imaginaba que sería el infierno, tan apetecible como lo fue él para mí en su momento. Le di un mordisco y saboreé su meloso crujido. Decidí guardar el resto pese a sus múltiples y sonoros ruegos. Él pronto moriría, se desinflaría como un muñeco. Pero ya se le ocurriría algo a Dios o a quien fuera. Y si no, tampoco importaba. Demasiados intentos y mi vientre no crecía. Estaba cansada, harta ya de aguantar a ese sujeto. Y el mundo, la humanidad… por mí podían irse a pique. Si un milagro le hacía mejorar, yo misma me encargaría de rematarlo. Sí. Acababa de decidirlo. ¿Salvar yo a la especie? Si ni siquiera me gustaban los niños.

jueves, 4 de mayo de 2017

¿Recuerdas?

“Lo siento, no me he atrevido. Si estás allí ahora seguro que estás tan guapa como siempre y llevas el mismo vestido, a juego con los zapatos. Con lo que me costó quitarte aquellos tirantes. ¿Recuerdas?…”.
No, allí no había nadie. Estaba sola en aquel banco. El mismo. Las sombras de los árboles igual de poderosas, el césped tan tupido como antaño. Y no quería seguir leyendo la carta de un cobarde. Desenterré un bolígrafo de mi bolso y escribí en el reverso unas líneas para dejar el papel en el mismo sitio. Me ajusté los tirantes, emprendí el regreso con la cabeza bien alta y el corazón sangrando. Los zapatos me oprimían los dedos al filo del gemido, decidí continuar descalza antes de que mis pies terminaran por desprenderse de los tobillos. 
Menuda estúpida, de aquella guisa. Intenté esquivar mil y un recuerdos al caminar hacia la salida del parque. Imposible. Ni siquiera había terminado de leer. Retrocedí. Comencé a correr. Seguí corriendo. De vuelta hacia mis veintitantos. Buscando la hierba y evitando la tierra de los caminos, como punzones bajo mis plantas. 
Un anciano había ocupado nuestro banco. Treinta años después, el mismo día de nuestra despedida. Me detuve al verle leer la nota. Le asomaron unas lágrimas y guardó el papel en un bolsillo. Iba en silla de ruedas y podría pesar 150 kilos, sin pelo y tan arrugado como recordaba yo de niña a mi abuelo. Pero esas cejas tupidas sobre aquellos ojos oscuros eran las que yo acaricié tantas veces con mis dedos. 
Me abalancé sobre el seto más cercano, agazapada como un niño jugando al escondite. Supliqué al cielo un meteorito sobre mi cabeza que ahogara de golpe esa última imagen y me devolviera la del chaval de melena oscura y cuerpo de atleta. ¿Quién eres tú? ¿Qué te ha pasado? Cuando quise recuperar el aliento me arrepentí de mis palabras escritas:  “Huyes de nuevo.  Al  Chile de Pinochet primero, y en lo mejor de lo nuestro. A quién se le ocurre. Pero te perdoné, eras muy joven y querías buscar a tu hermano. Pero lo de hoy sí que no se hace, ya estamos mayorcitos. Fue idea tuya, guapito del barrio. ¿Recuerdas? Que envejezcas calvo y gordo es lo mejor que puedo desearte”. 
Después emprendí la vuelta. De verdad. Para siempre. Y besé con todas mis fuerzas a mi lustroso marido nada más tirar a la basura aquel vestido y ponerme el pijama.

jueves, 19 de enero de 2017

El farmacéutico

El abrazo de calor al abrir la puerta alivió sus manos. Aquel frío punzaba los huesos y había olvidado los guantes en la residencia. Su gorra se solapaba bajo una nieve que no daba tregua. 
- He oído que tienes los mejores remedios. Mi esposa sufre dolores insoportables de estómago. No hay médico ni medicina que la alivie.
El farmacéutico bajó la mirada y buscó entre los estantes repletos. Extrajo un bote de cristal con un mejunje espeso y amarillento.
- Pruebe con esto, señor. Dígale a su esposa que tome una cucharada al día.
El oficial volvió a la semana siguiente. También a la otra. Echaba la vista atrás antes de irrumpir en la tienda, arrebatándole al farmacéutico su breve y azorado sueño. 
- Dame todos los botes que tengas. Todos. ¡Los quiero todos! ¡Rápido! ¡Ahora!
El boticario corrió una madrugada más a su encuentro, escudriñó repisas y cajones y acudió a la trastienda entre jadeos. Sumó 15. Los colocó sobre el mostrador con manos trémulas.
- ¿Hay  alguien que pueda continuar con esto cuando tú ya no estés?
Comenzaba a escuchar las palabras en una agónica lejanía. Negó tajante con la cabeza. 
- Corren rumores de que vengo por aquí, que tengo tratos de favor contigo. No puedo permitírmelo, ya me entiendes. Salgamos fuera.
El eco letal resonó impregnado de una salvaje monotonía. Un rojo candente cercó la entrada a la tienda para terminar escarchándose junto al blanco y a aquellos huesos y ropas enmudecidos. Meses más tarde la familia del farmacéutico era deportada a Treblinka. El gueto de Varsovia comenzaba a vaciarse, locales y viviendas iban quedando desiertos y sus calles amarradas a memorias de lágrimas y sangre.
A las afueras de la ciudad, en una segunda planta con lámparas de araña de relucientes cristales, la mujer del oficial alemán finalizaba el bote número 15 y se colgaba de una de ellas días después. Para entonces, ya había dejado de nevar.

jueves, 3 de noviembre de 2016

Con el lazo bien puesto

Acudió al colegio con su lazo rosa bien puesto y las comisuras asomando restos de galletas. Ajustó el tableado de su falda y se sentó en la última fila. Allí al fondo se aseguraba de que nadie tirara de su precaria coleta. También la insultaban algo menos. Aunque empezara a fallarle la vista y se le escaparan letras de la pizarra que ya nunca más volvían.
Durante el recreo se sentó en una esquina del patio para observar cómo las niñas jugaban a hacerse trenzas y los niños al fútbol y al baloncesto. No se le daba mal encestar el balón, pero ahora le encantaría aprender a hacer aquellas virguerías con los mechones largos de sus compañeras. Su pelo aún no colgaba bajo los hombros como el de muchas de ellas, sin embargo su madre insistía en que en cuanto creciera el suyo empezarían a invitarla a los cumpleaños, a compartir bocadillos y chucherías. Por eso, cada noche, y sin que nadie la viera, estiraba su pelo hasta mitigar el chillido con el que terminaba exhausta y dormida sobre la almohada. Para la primavera quizás consiguiese lucir una trenza muy larga y ya todos la llamasen Violeta en vez de Francisco. 

jueves, 29 de septiembre de 2016

El anillo

Fantaseaba a menudo con llevar entre sus dedos aquel anillo de rubíes. Emilia se lo mostraba no pocas veces, con su fulgor rojo imperecedero frente a las paredes mortecinas. Al fin y al cabo, ella era la única que la acompañaba incluso en los días más fríos del invierno, que le acariciaba sus cuatro hebras marchitas cuando nadie más lo hacía y que escuchaba sin prisas sus recuerdos. “Esto es entre tú y yo”, le repetía Emilia, y volvía a guardar la joya entre sus prendas más rancias del cajón más invisible.
Un día, al fin, Emilia iba a recibir una visita. La de sus hijos y sus nietos. Hacía demasiado que no los tenía cerca, a alguno a duras penas lo reconocería. Y eso que ya habían pasado muchos meses desde que su salud transitó de la caminata vespertina recogiendo el romero fresco a la silla de ruedas con la mirada abatida. Cuando empezó a llegar una señora de lengua extranjera que la lavaba y le daba la comida. Emilia ya se lo había advertido a su fiel compañera. “Hoy vienen todos a verme, debe de ser que ya en breve me muero. Tienes que hacerme un favor. Antes de que lleguen, coge el anillo, sal de la habitación y póntelo en un dedo. Y nunca más te lo quites”.
Su sueño iba a cumplirse. Lucirse con aquella maravilla. Mirarse en todos los espejos. Aunque nadie más la viera. Como mucho Emilia, quien le había prometido que si no quedaba en paz tras su muerte se quedaría por allí para hacerle compañía. Para reírse ambas de los vivos que repoblasen esos viejos aposentos.

jueves, 21 de julio de 2016

Sin alarmas

Fermín despacha un besugo para la espalda, unas rajas de merluza y medio kilo de almejas. Limpia unos boquerones, descabeza unas gambas para la señora con reúma mientras finge escucharla. Al día siguiente se jubilará tras 40 años afilando el cuchillo y limpiando espinas, cederá el puesto a su hijo y a su nuera. Descansarán sus manos, sus piernas y su espalda encorvada, dormirá sin estrépitos y sin alarmas. Abandona el mercado con la luna encendida y la sonrisa nacarada. Horas después se acuesta imaginándose con su periódico en el parque, llevando a Matilde adonde ella quiera, cualquier mañana.
Suena el despertador, son las cinco, la oscuridad es plena y aún duermen las aceras y los pájaros. Fermín no se levanta. Matilde le avisa extrañada, eleva su voz, le grita que es su último día, le sacude y voltea su cara con fuerza. Enciende la lamparita y le observa sin pestañas. No ha llegado a tiempo. Ya es tarde. Fermín descansa sin desvelos terrenales ni amaneceres tempranos mientras su cuerpo se va cubriendo de brillantes escamas.

miércoles, 1 de junio de 2016

Sardinas en lata

- ¡Dime un motivo para no dejarte ahora mismo! Vamos, ¡que me lo digas!
Ella arrojó sobre Nacho aquellos ojos sin brillo. Entraron en casa y antes de cerrar la puerta se abrió la de enfrente y asomaron unos labios muy rojos y unas piernas muy largas y finas.
- Espera. ¡Nacho! ¿Otra vez tu señorita? Pero ¿qué le pasa? ¿Qué coño? ¡Qué harta estoy!
- No lo sé aún, Paula. Lo siento... Ahora mismito lo arreglo.
Nacho amortiguó un portazo mientras su compañera se paraba en mitad de la cocina. Demasiado callada y con la cabeza lamida.
- No te dejo porque te quiero demasiado. Claro, ése es el motivo, ¡cuál si no! Pero ya van tres días seguidos, ¡tres! ¿Lo sabes, no? ¡Claro que sí! ¡Si tú lo sabes todo!
Cogió un rollo de papel y lo fue despedazando, aglutinó después unos cuantos trapos empapados en agua. Volvió al rellano con una repentina culpa a sus espaldas.
- Ay, mi señorita. Perdóname. Si sabes que no lo digo en serio. ¡Cómo te voy yo a dejar!
Ella pareció reaccionar a aquellos tímidos halagos. Sus pupilas despertaron. Mientras tanto, los labios del 4º izquierda irrumpían de nuevo frente a ambos.
- ¡Que huele fatal! ¡Y se me mete por toda la casa! ¡Y que ya está bien! ¡Y que…!
- Y que ahora echo algún flus flus, vecina. Si me dejas que termine de recoger, claro…
Se ahuyentaba su mente de aquel sainete cuando le sobrevino la imagen de las latas de sardinas que cenó las últimas noches. Ella había lamido el plato y a partir de ahí había ido dejando de mover el rabo. ¿Sería eso lo que le provocaba diarrea? ¿Pero por qué en el rellano?, rumiaba mientras lustraba cada baldosa con Paula y sus brazos en jarras, el entrecejo disparando lava y algún que otro ácido. Y al fin, se le encendió la bombillita.
- ¿Sabes, Paula, que hace poco estuve a punto de decirte que saliéramos a tomar unas cañas? Te lo juro. Pero a punto a punto. Y hasta pensé en invitarte a cenar. ¡Y al teatro!
- ¿De verdad, Nacho? –Paula se irguió como un pavo real y se lamió una comisura.
- Sí. Pero ya no, ya no. Ya no pienso volver a pensarlo. Ah, y lo del flus flus… Tampoco, hija, tampoco –concluyó frente a la renacida mirada de diosa de Señorita, que giró sobre sus patas y se adentró en sus dominios volviendo a menear el rabo.

miércoles, 13 de abril de 2016

La noche más corta

Las luces de los dormitorios se fueron apagando. La casa quedó en calma, achicada entre la penumbra y el silencio. Sin embargo, aquella noche no iba a durar demasiado. 
Se revolvieron padres e hijos entre sus sábanas ante un intenso amanecer que fundía cortinas y persianas en ráfagas incendiarias. Se levantaron, se buscaron los unos a los otros para asomarse a la calle juntos y de la mano, arrastrando zapatillas y pijamas. Buscaron la luna sin encontrarla entre el clamor de los grillos y la ira de los lobos y las lechuzas en la distancia. Un viento huracanado comenzaba a batir las hojas formando en el aire remolinos apresurados. 
Observaron a muchas familias emerger sigilosas frente a las puertas de sus hogares. Portaban mochilas y maletas, alzaban hacia el cielo sus manos en medio de una concentración máxima. ¿No recibieron el mensaje?, les preguntó alguien sin apenas detenerse en sus rostros demudados. Pero un destello cegador les impidió responder. Tras él, una multitud corría en dirección al bosque para reunirse con ellos. Fueran quienes fueran los que iban dentro de aquella gigantesca nave que ya aterrizaba.

martes, 23 de febrero de 2016

El síndrome

Llamé al timbre y esperé. Se oían voces detrás de la puerta, venían de lejos. Dudé si iniciar o no la retirada. La voz se iba aproximando y tomaba forma de gruñido. Cuando encontró mi rostro de frente ya era un chillido en toda regla. Demasiado tarde para salir corriendo.
- Así que eres tú, ¿¿eh?? ¡Precisamente hablábamos de ti! Julia al final me lo ha confesado todo. ¡Veo que hasta te atreves a venir a nuestra casa!
Conseguí esquivar un puño que viajaba en línea recta hacia mi párpado derecho, una mandíbula que parecía querer meterme un mordisco. La miré a ella mientras me alejaba como un cangrejo con las manos en alto. Su cuerpo temblaba detrás del marido, no salía palabra alguna de sus labios. Tampoco es que yo atinara con los míos.
Acelerada la huida, cuando ya subía de tres en tres las escaleras, me sobrevino un calor interno, un sofoco desgarrador, como si me hubiera picado un bicho con efectos desconocidos e inmediatos. Se apoderó de mi cuerpo un extraño síndrome que creía de ficción hasta entonces: el del superhéroe. Di media vuelta con el espíritu de un guerrero y la fuerza de diez osos, empujé aquella puerta hacia dentro y agarré a aquel tipo por el hombro.
- Tú y yo vamos a hablar ahora mismo, ¡pedazo de mierda!
Me escuché sin poder creérmelo. Hasta me daban ganas de aplaudirme. Después volví a buscar el rostro de ella, de aquella mujer a la que no conocía de nada, con su preciosa boca abierta estilo Munch en “El grito” y sus ojos verdes desparramados. La tranquilicé con un gesto rápido. Lo demás fue pan comido.
Nunca más renacieron en mí aquellos insólitos poderes. Nunca más me reencontré con el pobre calcetín de rayas al que yo en realidad había ido buscando aquella mañana, que al ir a tenderlo un rato antes quiso caer sobre la más problemática de todas las ventanas.

martes, 5 de enero de 2016

Uno, dos, tres, cuatro

Ya estaba refrescando. Debía de ser esa hora en que a uno le empieza a apetecer echarse una chaqueta al hombro. Cuando al verano se le va agotando el tiempo. En esa chaqueta pensaba mientras observaba de nuevo aquellas sombras difuminadas, un espejismo a lo lejos. Algo rozó sus piernas y se deslizó por su pie derecho. Decidió moverse lo menos posible mientras cerraba los ojos y contaba uno, dos, tres, cuatro... Para entonces ya había recitado 103 veces la alineación de su equipo, canturreado muchas melodías, reconducido sus lágrimas hasta la risa. Incluso intentó en vano recordar enteros el Padrenuestro y el Ave María. Mientras tanto el horizonte había ido avanzando hasta degradarse veloz entre el morado y el naranja. 
Advirtió las luces de un barco pesquero. Ya era de noche y su cuerpo apenas resistía. Se iba acercando más y más. Alzó los brazos como si intentara alcanzar cada nube, escudriñó entre los fondos de sus pulmones y de donde ya no había aliento sacó el rugido de un león malherido. Cuando lo recogieron se sintió el hombre más dichoso de este y todos los mundos. Lloraba una y otra vez de una desconocida alegría. Tanto que hasta olvidó que su mujer hacía horas que yacía bajo aquellas traidoras aguas del Atlántico.

martes, 24 de noviembre de 2015

¿No te acuerdas, mamá?

No hace mucho le preguntaba a mi madre, muy anciana y ya olvidadiza, si recordaba cuando engrasaba la cerradura de la puerta para facilitarle la entrada a mi padre. Dijo que no, que eso me lo estaba inventando. Que sí, hombre, te tienes que acordar. Pensabas que así igual se pasaba alguna noche. Que cuando iba borracho era incapaz de atinar con la llave. Y yo siempre pendiente del sonido de aquella cerradura por si volvía para quedarse del todo. Porque al menos él no me golpeaba hasta sangrar. ¿De verdad no te acuerdas, mamá?

jueves, 22 de octubre de 2015

Una gasolinera en el desierto

El depósito languidecía y allí no había ninguna gasolinera. Aquella señal debió de ser un engaño de mis pupilas, un espejismo. Tras varios intentos de retomar la autopista me encontré en un pueblo de casitas blancas y tejados desvaídos. No se veía a nadie en las aceras, ningún otro vehículo circulaba por sus calzadas. Aparqué en la inhóspita plaza principal, su fuente sin agua ni gorriones picoteando sobre la piedra, sólo la sombra de mi silueta sumida en el desconcierto. Reparé en un local, parecía un bar, con la puerta abierta. Apareció un hombre enjuto y ojeroso. Me alegré en lo más hondo.
- ¿Qué desea?
- Buenos días. Busco cómo salir de aquí. No encuentro el camino de vuelta, es como si se lo hubiera tragado la tierra. Me dirijo al Cabo de Gata, soy fotógrafo y he de llegar hasta allí para realizar un encargo. Si pudiera indicarme…
- Aquí no hay carreteras, y no sé de qué gata me habla. ¿Quiere tomar algo, o no?
Y ante mi asombro, se dio la vuelta con la misma brusquedad con la que brotaron sus palabras y se perdió tras la barra. Abandoné el establecimiento y comencé a recorrer las calles anejas. No eran muchas, enseguida emergía el desierto rodeando en círculo el pueblo, anulado todo atisbo de existencia en aquella distancia infinita. Llamé a las puertas de algunas de las viviendas, me fijé en sus balcones de flores marchitas. Nada. Volví al coche, pero no arrancaba. Desistí tras varios intentos. Y de nuevo me presenté en el bar, pero su puerta ya no estaba abierta y por mucho que golpearon mis nudillos y rugió mi garganta continué en la misma soledad con la sensación de irme ahogando sin remedio.
Me recosté sobre el asiento trasero de mi viejo Citroën. Apreté los ojos con fuerza para frenar las lágrimas. Al volver a abrirlos contemplé a una mujer que caminaba hacia el coche. ¿Mi madre? ¿Cómo iba  a ser ella?  Enmudecido, fui en su búsqueda.
- No hay vuelta atrás, has de avanzar. Ya eras muy viejo, ¿no te acuerdas?
No sabía de qué estaba hablando. Quise abrazarla pero me dijo que ya habría tiempo. La seguí hasta el bar y me sumergí de su mano tras el mostrador para adentrarnos juntos en un lugar salpicado de casas de colores, con un río caudaloso, verdes praderas y gente paseando por sus calles. Me recordaba a algo todo aquello, era hermoso. Comencé a reconocer algunos rostros, me sentí más protegido. Aunque aún tenía que mantenerme alerta, no podía confiar. Debía seguir preguntando cuál era el maldito camino de vuelta.

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Cúlpale a la oscuridad

Comenzaron a buscarse en la oscuridad. Un recorrido de los labios al cuello y del cuello a los labios con parada en la barbilla. Sus manos subían y bajaban, tentaban la piel bajo las indumentarias, apurando un aire que los oprimía.
—¿Qué ha sido esto? ¡Pero qué hemos hecho! —clamó ella después, cuando todo comenzaba a volver a la normalidad.
—No lo sé, no lo sé… —mascullaba él.
Reubicaron sus posiciones con premura, detuvieron las miradas el uno en el otro, lo justo para embargarles la vergüenza y para que ella se maldijera por no haber salido más tarde de la oficina. Él se abrochó los pantalones, ella abotonó su blusa mientras elucubraba una historia que expiara a aquellas medias desvencijadas, a aquel pelo del revés.
Continuaron hacia sus respectivas viviendas para encontrarse de nuevo al día siguiente. No podía ocurrir otra vez. Otro momento de confinamiento, otro corte de luz. Por si acaso, al abrir la puerta y reparar con sorpresa en el hijo adolescente y hercúleo de la vecina de arriba, se alejó del ascensor y decidió subir por las escaleras. No fuera que con penumbra o sin ella les diera por volverse a gustar. 

martes, 1 de septiembre de 2015

Eloísa

Eloísa desplegaba sus alas coronadas de conformidad y templanza desde el alba hasta que la noche se hundía entre las sábanas. Dormía como si las preocupaciones jamás hubiesen traspasado su armadura, comía con fruición y sonreía a todo aquel con el que se cruzaba. Su pulso aguantaba los tornados y terremotos del alma, su tensión siempre estable, las manos precisas, como el primer día. Nadie lo entendía, nadie se explicaba aquella capacidad de autorresucitarse y permanecer impasible. “Porque adoro mi trabajo. Y es necesario”, respondía en ocasiones. Había enterrado a dos maridos, un hijo, tres perros y un loro. Había quienes se preguntaban si por sus venas corría en verdad la sangre o aquello sería sólo tinta encarnada. Un día, una mañana, temblaron sus muñecas y su mente sufrió una sacudida. Aquellos tres rostros agolpándose, uno tras otro. “No, aquí no. No ahora”. Intentó tranquilizarse. “No pasa nada. Estoy bien”, se dijo. Sin embargo, aquella vez no atinó, no midió bien, no calculó. Erró en la dosis de la anestesia y aquel paciente al que ella misma había serenado, nunca despertó de la operación. Colgó la bata y lloró. Lágrimas que hubieran llenado cubos y apagado fuegos. Quienes la conocían afirmaban que aquellos llantos ya sin medida tenían el rostro de su hijo, los brazos y las piernas de los esposos y el corazón de un desconocido.

miércoles, 5 de agosto de 2015

Al llegar a la habitación

Se desmayó cuando sus pies alcanzaban la entrada de la habitación. La 224, en la segunda planta y al final del pasillo. Ya era tarde. Por más que había corrido por aquellas calles sombrías. Por más que había serpenteado entre los coches y bajo la lluvia tórrida de mayo, sorteando bocinazos y bramidos. Su padre yacía aún caliente entre las sábanas, demasiado blanco, demasiado dormido. Despertó entre abrazos y manojos de cariño, las lágrimas desparramadas e incontrolables, sudor y agua del cielo entremezclados. Jamás se perdonaría no haber llegado a tiempo. No haber podido sonsacarle dónde estaba todo el dinero.

martes, 7 de julio de 2015

Mordido el último padrastro

No veía clara la melodía, pero sí las flores. Quería rosas. Blancas, en su mayoría blancas. En torno al ataúd de alguna madera noble. El más caro y rodeado de luces. Para eso llevaba años pagando el seguro. Dejaría cada detalle por escrito, prepararía a su marido y a sus hijos. Morir. Morirse. Qué poco le quedaba y cómo pataleaba en su sien aquel murmullo. Aullaba el verbo entre sus latidos.
Abrió la puerta y se derrumbó en la silla. El féretro, mejor cerrado. Que nadie advirtiera en su rostro los retoques espectrales que se brinda a quienes ya no viven. Que la retuvieran en sus memorias con aquellos labios y pómulos rosáceos. Como aparecía en las fotos. Sana y jovial, con un vestido vaporoso y el cabello brillante. Quizás se pasase algún ex novio. Manolo el del instituto. Tomás el abogado.
- ¿Me oye, señora? ¿ Me está escuchando?
Sus ojos se esforzaban por traducir un decorado difuso. Algo parecido a unas gafas de pasta se asomaba tras las nubes medio blancas medio grises.
- Oiga, por favor, ¿está usted bien?
El cementerio soleado, por Dios, que al menos no lloviera. La capilla ardiente, sus niños llorando. Abrazos y más abrazos. Descifró del todo el escenario y comenzaron a dibujarse las formas y a abrírsele los oídos como si antes hubieran permanecido sellados.
- Le decía que el tumor es benigno. Be-nig-no. ¿Me escucha ya?
Salió de la consulta erguida, se alisaba la falda y mordisqueaba el último de los padrastros. Iría al cajero a sacar dinero. No podía perder más tiempo. Ya habían comenzado las Rebajas.